Las placas eléctricas de cocina, en especial las de inducción, se han convertido en la opción predilecta para muchos consumidores. Calientan más rápido, permiten controlar mejor la cocción y consumen menos electricidad. Sin embargo, no todo son ventajas: su precio, los recipientes compatibles y algunas diferencias a la hora de cocinar hacen que el cambio no siempre compense a la cocina de gas convencional.
Antes de renovar la cocina, conviene conocer qué ofrece cada tecnología y qué inconvenientes puede suponer dar el salto, desde el desembolso inicial hasta los hábitos culinarios que quizás tengamos que cambiar.
Las cocinas eléctricas ganan terreno
En España, la mayoría de hogares apuesta por las placas eléctricas desde hace más de una década. El Panel de Hogares de la CNMC del año 2015 reportaba que el 57,3% ya tenía una placa vitrocerámica o de inducción instalada, frente al 36,9% que apostaba por cocina de gas. En 2025 la brecha se ha seguido ampliando y ya hay un 72,4% de hogares con placa eléctrica, mientras que las cocinas de gas han perdido terreno con un 28,2%.
En una década, la presencia de las placas eléctricas ha aumentado 15,1 puntos porcentuales, mientras que la del gas ha descendido 8,7 puntos. Eso sí, la estadística no desglosa cuántos hogares apuestan por la inducción y cuántos por la vitrocerámica, por lo que no detalla la implantación de cada tecnología.
Ventajas y desventajas de la inducción
A diferencia de la vitrocerámica, las placas de inducción no emplean una resistencia que se calienta, sino que usan un campo electromagnético que calienta directamente el recipiente que hayamos colocado encima. Esto hace que la cocina de inducción sea más atractiva por varios motivos:
- Calienta mucho más rápido. En esta prueba hirvieron 1 litro de agua y tardó sólo 4,5 minutos en inducción, mientras que se demoró 9 minutos en gas y 11 minutos en vitrocerámica.
- Más precisión al regular la temperatura. Es rápida al calentar y también lo es cuando queremos bajar la temperatura, por lo que si vemos que un alimento está a punto de quemarse, tenemos un mayor control para frenar la cocción.
- Se limpian mejor. Como la superficie de la placa no se calienta como pasa en la vitrocerámica, los líquidos o restos de comida que se derraman no se queman en la superficie. Esto hace que la limpieza sea mucho más sencilla y queden menos marcas en el cristal.
- Es más segura. En la inducción no tenemos una llama ni una resistencia que se pone al rojo vivo por lo que, aunque la placa se calienta, no alcanza temperaturas tan elevadas. Además, muchas placas tienen funciones de seguridad como la detección del recipiente o el indicador si hay una zona caliente para evitar que nos quememos.
- Consumen menos que la vitro. La inducción aprovecha mejor la energía porque calienta directamente el recipiente, en lugar de calentar primero una superficie de cristal. Esto permite reducir las pérdidas de calor y cocinar en menos tiempo, por lo que su consumo es más bajo que el de la vitrocerámica.
Imagen | congerdesign en Pixabay
Hay argumentos de peso a favor de la inducción, pero también existen inconvenientes importantes:
- Son más caras. Aunque los precios han bajado y ya hay opciones asequibles, su precio sigue siendo algo más elevado que el de la vitrocerámica o el gas.
- No vale cualquier sartén. La inducción solamente funciona si el recipiente tiene una base ferromagnética, por lo que si te pasas a esta tecnología es posible que no puedas usar muchas de tus sartenes y ollas. Por ejemplo no funcionan si son de aluminio, cobre o barro que sí se pueden usar con gas o vitrocerámica.
- El consumo es relativo. La inducción es más eficiente que la vitrocerámica y aprovecha mejor la energía, pero no significa que sea la opción más barata. Siempre vamos a depender del precio del kilovatio/hora, que suele ser superior al coste de usar una cocina de gas.
La cocina de gas tiene algo inigualable
Al margen del precio y el consumo, hay un factor que explica por qué las cocinas de gas son las preferidas de muchos cocineros: la experiencia de cocinado. Para muchos chefs, cocinar con fuego ofrece una experiencia mucho más intuitiva, directa y palpable. En lugar de simplemente pulsar botones táctiles, regulamos el calor girando diales y vemos la respuesta a nuestra acción con la intensidad de la llama.
El gas también da más libertad a la hora de usar más tipos de recipientes y técnicas de cocina. Por ejemplo, se pueden hacer flambeados o cocinar directamente en el fuego para tostar verduras. También resulta práctico con recipientes como el wok, ya que la llama puede calentar sus paredes, mientras que una placa de inducción concentra el calor en la base.
¿Inducción o gas?
No hemos incluido las vitrocerámicas en la pregunta porque son la opción menos atractiva de las tres. Tardan más en calentar, consumen más, te puedes quemar y lo más importante: la diferencia de precio con la inducción ya no es tan grande y no compensa sus numerosas desventajas.
La auténtica batalla es entre la inducción y el gas, pero no hay una respuesta correcta ya que depende en gran medida de tus preferencias y hábitos de cocina. La inducción gana en rapidez, limpieza y seguridad, pero pierde en que muchos recipientes no son compatibles.
Por su parte, las cocinas de gas cuestan más de limpiar y siempre van a tener un mayor riesgo de provocar un incendio, pero para muchos consumidores sigue compensando porque tienen ese "toque" tradicional. Además, se pueden hacer más elaboraciones y usar cualquier recipiente. Al final, elegir una u otra depende de las prioridades de cada hogar y de las costumbres que no queramos cambiar al cocinar.
Imagen de portada | Unsplash
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